En el siglo XXX nadie decía ya que la muerte hubiera sido vencida, aunque muchos lo pensaran en silencio. El término oficial era otro: “contención”. La humanidad no había derrotado a la muerte; la había encajonado en un intervalo de microsegundos, lo bastante estrecho como para arrancarle algo antes de que cerrara las fauces. En ese margen imposible operaba el Rescate de Conciencia Post-Evento, una red de sensores, balizas neuronales y algoritmos predictivos que, al detectar la destrucción inminente de un cuerpo, copiaban la mente y la enviaban al Archivo Thanatos. Los soldados volvían. A veces en nuevos cuerpos. A veces en entornos virtuales. A veces solo como voces asesoras incrustadas en sistemas tácticos. Volvían con cicatrices que no podían señalarse con el dedo, pero volvían. La guerra se había vuelto interminable porque ya no exigía un último precio por pagar… ¿O tal vez sí?.
Eso, al menos, era la versión oficial.
Sigrum Hal había muerto diecisiete años antes sobre la atmósfera contaminada de Hellror 9. Recordaba el impacto, el fallo del escudo, el calor atravesando la cabina como una mano furiosa. Recordaba también algo que no figuraba en ningún informe: una sensación de suspensión, como si alguien hubiera detenido el tiempo justo antes del final. Después, la oscuridad. Luego, el regreso. Despertó en una sala blanca, con una voz neutra explicándole que había sido recuperada con éxito. Nunca preguntó qué había pasado con el resto de su escuadra. Nadie se lo dijo. Ahora, retirada del combate, trabajaba como analista de simulaciones bélicas. Observaba guerras que aún no habían ocurrido, repetía escenarios imposibles, optimizaba pérdidas que dejaban de parecer pérdidas cuando uno sabía que los muertos regresarían. Aun así, algo en su interior se resistía a aceptar esa lógica. Como si hubiera un error no corregido en su propia existencia.
Fue Kahel Rho quien la llamó aquella noche.
—“Necesito que vengas al nodo Delta K” —dijo sin preámbulos—. “Encontré algo que no debería existir”.
Kahel era diseñador de simulaciones tácticas, uno de esos híbridos modernos que mezclaban teoría militar, narrativa probabilística y criptografía. Sus juegos no eran entretenimiento; eran verdaderos laboratorios clandestinos donde se probaban decisiones que nadie se atrevía a registrar en documentos oficiales. Sigrum confiaba en él porque Kahel no creía en la neutralidad de los sistemas. Decía que toda estructura, por perfecta que pareciera, terminaba revelando a quién favorecía.
Cuando Sigrum llegó, lo encontró inclinado sobre una mesa de proyección apagada. El lugar olía a metal y ozono, como si hubiera habido una tormenta reciente bajo techo.
—“¿Dónde está?” —preguntó ella.
Kahel levantó la mirada y señaló la mesa. Allí había una sola carta. No estaba hecha de polímero, ni de aleación estándar. Era de un metal pálido, casi blanco, pero no reflejaba la luz. Parecía absorberla. Al acercarse, Sigrum notó algo más inquietante: la superficie estaba tibia, como piel expuesta al sol. La ilustración mostraba una figura femenina con armadura rota, alas mecánicas desplegadas y un casco sin rostro. No había ojos, ni boca, ni rasgo alguno. Solo una superficie lisa, impenetrable. En una mano sostenía una lanza de luz. En la otra, una lista de nombres incompletos, como si alguien hubiera arrancado parte del registro.
—“Mi lector cuántico se apagó al intentar analizarla” —dijo Kahel—. “No falló. No dio error. Simplemente decidió no seguir”.
Sigrum no la tocó. Sintió, sin saber por qué, que hacerlo sería un gesto definitivo.
—“He visto ese casco” —murmuró—. “En sueños”.
El texto grabado en el borde inferior parecía vibrar, no con movimiento, sino con intención:
“VALKIRIA — LA QUE DECIDE QUIÉN NO REGRESA”.
No había estadísticas. No había instrucciones. Era, como Kahel había dicho, un criterio. La probaron en una simulación estándar: evacuación de emergencia en una luna minera con fallo estructural. Un escenario rutinario, diseñado para medir tiempos de respuesta y eficiencia de rescate. Las bajas estaban calculadas. Las conciencias serían recuperadas. Todo seguiría su curso habitual. Hasta que Kahel introdujo la carta.
No hubo explosiones adicionales. No apareció ningún enemigo nuevo. La simulación no se volvió más difícil en apariencia. Los soldados murieron como siempre morían en ese tipo de escenarios: rápido, caóticamente, sin heroicidades innecesarias.
Lo que cambió ocurrió después.
El Archivo Thanatos, integrado en la simulación como sistema de respaldo, empezó a mostrar ausencias. Nombres que no aparecían en las listas de recuperación. Identificadores que quedaban en blanco.
—“No es un fallo” —dijo Kahel, revisando líneas de código—. No hay corrupción. No hay latencia. Es como si nunca hubieran sido registrados.
Sigrum sintió un frío y lento escalofrío en la espalda recorriéndola.
—“¿Cuántos?” —preguntó.
—“Los suficientes”.
Entonces la figura apareció.
Descendió en la simulación sin romper nada, sin alterar el entorno. No caminaba; flotaba. Las alas mecánicas no batían. Simplemente estaban ahí, sosteniéndola en un equilibrio imposible. La lanza de luz no se alzaba en gesto amenazante. Tocaba a algunos cuerpos caídos con delicadeza casi ritual. A otros los ignoraba.
—“¿Quién eres?” —preguntó Sigrum, sabiendo que no obtendría una respuesta verbal.
La respuesta fue una sensación. No una emoción concreta, sino una comprensión súbita: balance. Un ajuste invisible, como el de una balanza que llevaba demasiado tiempo inclinada hacia el mismo lado. Sigrum comprendió entonces lo que la había estado persiguiendo desde su regreso. No todos debían volver. No porque fueran menos valiosos, sino porque la repetición constante de las mismas vidas estaba deformando el tejido de la historia. Algunos sobrevivían siempre. Otros pagaban siempre el precio. El Archivo Thanatos intentó intervenir. Sus protocolos exigían la recuperación total. La simulación se tensó, como si dos voluntades opuestas tiraran del mismo objeto. Pero la carta no bloqueó al sistema. Lo obligó a elegir. A aceptar que había pérdidas que no podían ser revertidas sin consecuencias.
—“La muerte infinita vacía el sentido del sacrificio” —dijo Kahel en voz baja—. “Esto no castiga. Corrige”.
La figura se volvió entonces hacia Sigrum.
Por primera vez, la miró. No había ojos, pero Sigrum sintió el peso de esa atención como si la atravesaran capas de memoria. Vio de nuevo el instante de su muerte. Vio el hueco que había dejado alguien más al no regresar. Comprendió, con una claridad insoportable, que su vuelta había ocupado un lugar que no le correspondía.
Extendió la mano y tomó la carta. El metal estaba caliente ahora, casi ardiente.
—“Si alguien tiene que decidir” —dijo—, “no debería ser un sistema sin recuerdos”.
Activó la carta por última vez. La Elegidora inclinó la cabeza, un gesto mínimo, casi respetuoso. Sigrum desapareció de la simulación. Y del Archivo Thanatos.
El sistema de rescate siguió funcionando. La humanidad no renunció a su conquista parcial de la muerte. Pero algo había cambiado. Algunas conciencias no regresaban. No había patrón detectable. No había explicación oficial. Los comandantes empezaron a dudar. Las órdenes se emitían con más cautela. Porque ahora sabían que, en algún punto invisible del proceso, alguien —o algo— podía decidir que esa muerte sí contaba.
Kahel Rho nunca volvió a hablar de la carta. La guardó donde nadie pudiera registrarla. Y en ciertos campos de batalla, cuando un soldado cae sabiendo que no habrá regreso, algunos dicen ver una sombra alada descender sin sonido alguno.
No para castigar. No para salvar. Solo para elegir.
Porque incluso en un universo que se niega a aceptar la muerte, alguien debe recordar que no todas las batallas están hechas para repetirse.
AUTOR: FRANCISCO ARAYA PIZARRO (CHILE)
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Francisco Araya Pizarro. Nacido en 1977 en Santiago de Chile, Artista Digital, Diseñador Gráfico Web, Asesor en Marketing Digital y Community Manager para empresas privadas y ONGs asesoras de las Naciones Unidas, Crítico de Arte, Cine, Literatura, además de Investigador. Y Escritor de Ciencia Ficción, donde en su blog comparte sus relatos cortos en: www.tumblr.com/franciscoarayapizarro
